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La Espiritualidad Salesiana
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La espiritualidad salesiana ha sido sintetizada en algunas fórmulas breves como las que usaba Don Bosco para los muchachos. Es una costumbre de familia: simplificar, unir, ayudar a recordar. La síntesis mística está resumida en el lema: Da mihi animas. La pedagógica de nuestra espiritualidad es: razón, religión y amorevolezza (amabilidad). Se refiere no sólo a la relación con los jóvenes, sino a la forma de formarse del educador apóstol. La fórmula devocional es Jesús Sacramentado, María Auxiliadora y el Papa.

¿Cuál es el programa práctico, que se debe vivir todos los días y a largo plazo? Trabajo, oración, templanza. Las tres palabras, populares, casi proletarias, corresponden a las tres dimensiones que el documento Vita Consecrata indica como indispensables en toda espiritualidad: la contemplativa, la apostólica, la ascética.

La contemplación no coincide con el estudio de las cosas sagradas, si bien sacará ventajas de él. Quiere decir que incluye la oración, pero va más allá: la contemplación, lo que entre nosotros tradicionalmente se llamaba unión con Dios, sentido y alegría de su presencia, relación filial con Él. Don Bosco y María Mazzarello copiaron a Jesús Pastor esta modalidad. Descubrieron el carácter de oración que tiene la acción apostólica y caritativa, cuando se hace según la voluntad y en la presencia de Dios. Esto, por otra parte, era ya conocido por los místicos.

Hay, pues, en Don Bosco una fusión natural y serena entre acción y oración. La vida no se divide entre la una y la otra: “La diferencia específica de la piedad salesiana consiste en saber hacer del trabajo oración… Ésta es una de las características más bellas de Don Bosco”. El salesiano debería llegar a ser “un orante” como todo religioso. Pero debe hacerlo “sumergido en el mundo y en las preocupaciones de la vida pastoral”,  “en una laboriosidad incansable santificada por la oración y la unión con Dios”. 

El trabajo: la caridad pastoral. Éste es un aspecto más asimilado y más percibido por los demás. La importancia que tiene en nuestra vida se comprende fácilmente por un conjunto de hechos de alcance real y simbólico: la raíz campesina y las primeras experiencias de Don Bosco, los protagonistas y el tono de las experiencias de los orígenes, la profesión de pobreza, la clase obrera a la que dedicamos nuestros cuidados preferenciales. El trabajo es el contenido principal de nuestros programas de educación en las escuelas profesionales y técnicas, es nuestra forma de inserción en la sociedad y en la cultura. Marca el rasgo casi fundamental del salesiano: el salesiano es un trabajador. Don Cagliero decía con una expresión fuerte: “quien no trabaja no es salesiano”. Para Don Bosco el trabajo no es la simple ocupación del tiempo, en cualquier actividad, aunque acaso sea fatigosa; sino la entrega a la misión con todas las capacidades y a tiempo pleno. En este sentido no comprende sólo el trabajo manual, sino también el intelectual y el apostólico. Trabaja quien escribe, quien confiesa, quien predica, quien estudia, quien ordena la casa. El trabajo se caracteriza por la obediencia, por la caridad pastoral, por la recta intención y por el sentido comunitario. 

La espiritualidad comporta también la dimensión ascética, de resistencia o combate espiritual. “La ascesis, ayudando a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, es verdaderamente indispensable a la persona consagrada para permanecer fiel a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la Cruz”. 

Va unida a la dimensión penitencial que es esencial para la madurez cristiana. Sin ella es imposible tanto el comienzo como el camino posterior de conversión: ésta consiste en asumir algo y dejar muchas cosas, optar y cortar, destruir cosas o costumbres viejas o inútiles y dejarse reconstruir. 

Cada carisma tiene una tradición ascética coherente con el propio estilo espiritual en el salesiano, la fórmula que la resume es “caetera tolle”: deja lo demás, ordena lo demás a esto, es decir, al “da mihi animas”, a la posibilidad de vivir interiormente y de expresar el amor a los jóvenes, apartándolos de las situaciones que les impiden vivir. Son dos aspectos correlativos.

Aspecto importante de esta ascesis es dar unidad a la persona, integrando en el proyecto de vida en Dios algunas tendencias que, desarrolladas de forma autónoma, ponen en peligro la calidad de la experiencia espiritual y las finalidades de la misión: como son una búsqueda excesiva de la eficacia y de la profesionalidad separadas de las finalidades pastorales, la secularización de la mentalidad y del estilo de vida, las formas, aunque medio ocultas, de afirmación excesiva de la peculiaridad cultural. 

El “caetera tolle” deja u ordena lo demás, tiene su expresión cotidiana, no única, en la templanza ‘salesiana’. La templanza es aquella virtud cardinal que modera los impulsos, las palabras y los actos según la razón y las exigencias de la vida cristiana. Alrededor de ella giran la continencia, la humildad, la sobriedad, la sencillez, la austeridad. En el Sistema Preventivo, las mismas realidades están incluidas en la razón. Sus manifestaciones en la vida cotidiana son: el equilibrio, es decir, la mesura en todo; una conveniente disciplina, la capacidad de colaboración, la calma interior y exterior, una relación con todos, pero especialmente con los jóvenes, serena y con autoridad moral.

Todo esto puede parecer demasiado ordinario, como dimensión ascética, y casi alegre frente a la seriedad de la llamada a la conversión y a la radicalidad. Don Bosco expresó esta aparente contradicción con el sueño de la pérgola de rosas.  Los salesianos caminan sobre los pétalos. Todos piensan que se divierten. Y de hecho son “felices”. Punzados por las espinas no pierden la alegría. También esto es ascesis: la sencillez, la buena cara, el no montar escenas. Responde al consejo evangélico: cuando ayunen, no anden tristes, sino perfúmense la cabeza y lávense la cara”. 

(Juan Vecchi, Rasgos de Espiritualidad Salesiana)

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